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ALGO MARAVILLOSO NOS HA SIDO DADO

 

 

Podía escuchar las suelas de sus sandalias golpeando el frío pavimento a medida que los dos hombres caminaban al unísono hacia las puertas del Templo. Agité las monedas de mi recipiente un poquito más, esperando que volvieran su mirada en mi dirección. Funcionó; me miraron a los ojos, señal para nosotros mendigos de que el peso de otra moneda iba a añadirse pronto a nuestro recipiente. También me remangué la túnica un poquito más para asegurarme de que vieran la seriedad de mi condición. Mis piernas parecían ser las de un niño pequeño, sin ninguna forma ni tono. Por alguna razón, mis huesos nunca llegaron a crecer, así que mis piernas no podían soportar el peso de mi cuerpo. Mis extremidades inertes no habían sido usadas en cuarenta años.

 

Los hombres se pararon, como yo había esperado, pero dejaron claro desde un principio que no tenían dinero que darme. Me hubiera desentendido inmediatamente de ellos si no hubiera sido por la forma en la que me miraban. Produjo una rara sensación en mi corazón. Me hizo querer llorar, pero a la vez, me puso feliz. La última vez que me había sentido así fue cuando pasó por aquí Jesús de Nazaret. Nunca pasó sin sonreírme, reconociendo que yo estaba allí. Ninguna otra persona me hizo sentir así, hasta ahora.

 

El más grande de los dos hombres parecía que me quería dar la mano, así que extendí la mía para apretársela. Me dijo con osadía, “En el nombre de Jesucristo, ¡levántate y anda!” Entonces, me invadió una corriente de algo. Era como un fuego que me hacía sentir bien. Me atravesó por completo llegando, por fin, a la punta de los dedos de mis pies. Me sentía más ligero que el aire, y me sobrecogió el más extraño impulso de salir corriendo. Antes de darme cuenta, estaba mirándoles a sus sonrientes ojos. Ser así de alto era una sensación totalmente nueva para mí. Aun cuando me cargaban hasta y desde la puerta del Templo cada día, siempre me sentía más bajo que cualquier otro. Empecé a preguntarme cómo me estaba manteniendo, así que miré para abajo y vi los pies de alguien debajo de mí. Instintivamente me golpeé la túnica y palpé que, bajo ella, había unas piernas fuertes. Todavía no me había dado plena cuenta de que yo tenía piernas nuevas. Después, un sentimiento de gozo y el abrumador impulso de correr se apropió de cualquier otro pensamiento. Así que corrí, y corrí, y corrí.

 

Mi mente no podía absorberlo todo. ¿Qué me había pasado? Era como si estuviera observando a otra persona, pero en realidad era yo el que estaba saltando y brincando.

No podía contener el gozo que estaba sintiendo. Grité y lloré, alabando a Dios, mientras me levantaba la túnica para poder ver cómo mis piernas nuevas se movían libremente debajo de mí.

 

A estas alturas, se había congregado una multitud a mi alrededor, el tipo grande empezó a decirnos cómo todo esto se había hecho a través de la fe en el nombre de Jesús. Nos dijo que no era él el que me había sanado en realidad, sino que era Jesús el que había hecho este gran milagro, haciendo que todos nos preguntásemos cómo era esto posible ya que Jesús había sido crucificado.

EN EL NOMBRE DE JESÚS

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